Series: el embarcadero

Reseñas Series

Álex Pina maneja los resortes del entretenimiento como pocos. No parece importarle la verosimilitud y la lógica en el desarrollo. Todo lo contrario: la clave está en la locura narrativa y dramática, la capacidad de sorprender con quiebros imposibles. Desde que en 2003 creó «Los Serrano» con Daniel Ecija, casi todas sus series han sido éxitos de audiencias imbatibles: «La casa de papel», «Los hombres de Paco», «El barco», «Vis a vis». La popularidad de estos títulos ha llegado a varias generaciones que han enganchado con historias de desarrollo impredecible, multiplicidad de conflictos y personajes cargados de inconsciencia, sentimentalismo impulsivo y sexo salvaje. Todo rodado con un diseño de producción que con el paso de los años ha sido cada vez más esmerado. Para que la receta funciones hay que añadir dos ingredientes esenciales: el descubrimiento de actores jóvenes, guapos y espontáneos, y un uso muy hábil de las redes sociales para promocionar las series y escuchar al espectador atendiendo, en la medida de lo posible, a sus deseos sobre la evolución de los personajes y las tramas rocambolescas. Hay que recordar los insólitos arcos dramáticos y mareantes cambios de género de «Los hombres de Paco» desde su estreno «costumbrista» en 2005 a su final «apocalíptico» en 2010.

Sé que me he alargado en este preámbulo, pero ahora iré mucho más rápido porque ya he dicho casi todo. «El embarcadero» es más de lo mismo con más sexo y menos intriga. El motor narrativo es tan prototípico como eficaz: tras la muerte sorprendente de un hombre joven, su entorno más cercano descubre una catarata de secretos. Con mucha música y un diseño visual innegablemente atractivo, la investigación que llevan a cabo su mujer y su amante es un culebrón que llega a momentos verdaderamente tronchantes. Álex Pina sigue las máximas de las series norteamericanas de Shonda Rhimes («Cómo defender a un asesino», «Scandal»): cuando más chillón y pasional se entiende y entretiene mejor. En «El embarcadero» los personajes son como animales salvajes que corren de un sitio para otro buscando sensaciones fuertes. Un día deciden tener un hijo como capricho personal («No te gustaría que alguien en algún momento pueda decir: «Mira ese rascacielos de ahí, lo ha hecho mi mamá») y otro deciden abortarlo, porque no les pilla bien. En un instante pasan de querer matarse a jurarse amor sincero mientras tienen una relación sexual incontenible. No hay que entender a los personajes sino… «sentirlos». Otra cosa es que ese impacto audiovisual tan efectista y manipulador sea beneficioso para la sensibilidad del espectador.

El reparto es impagable porque logra salir vivo de situaciones realmente ridículas que además pretender transmitir una cierta filosofía vital. Cecilia Roth vuelve a interpretar con un talento magistral un personaje que sabe todas las respuestas desde una madurez tibetana inalcanzable. También está la amante perfecta que vive en la orillita del mar y va descubriendo al resto de personajes los secretos de una felicidad epicúrea, libre de ataduras de todo tipo y plenamente coherente con la Naturaleza que le rodea, los tiempos modernos…. Pero el momento superior es la terapia de grupo con el guardia civil que no tiene desperdicio.

«El embarcadero» no llega a ser tan salvaje como «Élite», pero sus personajes acaban siendo incluso más obsesos con su sexualidad. Todas las relaciones desembocan en el mismo puerto, y al final acaban robando todo el protagonismo a unas tramas policíacas desarrolladas y resueltas con un desinterés llamativo de los guionistas.

Firma: Claudio Sánchez

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