Series: Black Mirror

Reseñas Series

Black Mirror//Charlie Brookerblack-2

País: Gran Bretaña

Duración: 3 temporadas de 7 capítulos de 60/90 minutos

Emisión en España: Cuatro, TNT, Canal Plus, Netflix

Público adecuado: +18 años (XD)

Calificación: 3,5/5

 

 

El futuro que nos convertirá en tristes idiotas

El pasado 16 de diciembre se estrenó en Gran Bretaña el primer capítulo de la 3ª temporada de Black Mirror. Titulado White Chisthmas y protagonizado por Jon Hamm (conocido por hacer de Don Draper en Mad Men), no es precisamente un cuento navideño, pero sí una parábola sobre el paso del tiempo y la soledad del hombre moderno.

“Si la tecnología es una droga -y se siente como una droga- entonces, ¿cuales son los efectos secundarios?. Esta área -entre el placer y el malestar- es donde Black Mirror, mi nueva serie, está establecida. El “espejo negro” del título es lo que usted encontrará en cada muro, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente.” De esta manera tan sugerente explica Black Mirror su creador, Charlie Brooker, un actor, guionista y director humorístico, ingenioso y sarcástico que se ha hecho famoso en Inglaterra con show televisivos como 10 O´Clock Live, Screenwipe o Cómo la televisión arruinó nuestra vida.

En cada capítulo de esta serie de ciencia-ficción tragicómica se cierra por completo cada una de las historias que tiene un nexo de unión: la decisiva influencia de las nuevas tecnologías en la infelicidad humana. Para entender mejor el telón de fondo de esta serie volvamos a escuchar a Charlie Brooker en uno de sus más famosos sketchs iniciado en una discoteca. “¡Oh, que grande es la vida! Sólo echadle un vistazo a este sitio. El barman es un pedazo de tío bueno. Estas dos chicas son increíbles. Éste tiene un peinado que es como si se lo hubiera descargado de Marte. Y tú, amigo, formas parte de esto. Porque tú estás viviendo el sueño… Ja-ja-je-je-ji-ji-ju-ju”.

Seguimos escuchando estas falsas carcajadas pero esta vez desde fuera de la pantalla de un televisor tirado en medio de un basurero. El propio Charlie Brooker mira esas imágenes mientras se intenta calentar las manos con una hoguera improvisada en un cubo de basura. “Pero no ¿Por qué no lo estás haciendo? Porque los sueños son sólo eso… sueños. La vida real no es así. La vida real es una búsqueda infructuosa de parches intermitentes de felicidad intercalados con trabajo, aburrimiento, divorcio, parásitos intestinales, facturas del gas, disfunción sexual, Justin Bieber y avispas” .

En este monólogo se entiende perfectamente la grandeza y la limitación de Black Mirror. Un discurso visual original, impactante y radical con un tono llamativo, entretenido y visceral, que retrata las miserias más evidentes de la era tecnológica. El talento de Brooker es tremendo para sumergirte con mucha inteligencia en un mundo futuro con diálogos geniales en los que consigue hacerte cómplice de los personajes que buscan una felicidad inmediata y satisfactoria. Cada uno de los capítulos dirigidos, interpretados y musicalizados por diferentes artistas ingleses televisivos consigue mantener una atmósfera similar, muy absorbente y angustiosa. El gran acierto es que esta ambientación está puesta al servicio de los personajes y no al revés. Por decirlo de otra manera, Black Mirror es la antítesis de Terra Nova, ese superficial parque de atracciones del futuro. En la primera hay guión, en la segunda, efectos especiales.

El problema es que Charlie Brooker tiene un concepto del mundo y del ser humano muy cerrado que hace que su narrativa tenga demasiados límites en su evolución y acabe siendo muy previsible. Sus personajes son desdichados, dominados por la técnica, esclavos de una hipersexualización omnívora, carentes de trascendencia, y habitualmente crueles en su egocentrismo. En ese contexto el espectador que ha quedado enganchado ante la sugerente propuesta visual y los diálogos creativos tiene poca libertad, poco margen para una reflexión que evidentemente intenta provocar cada una de las historias.

El creador de la serie se defiende a su manera.  “Por encima de todo ofrecemos entretenimiento y sátira. Son historias dramáticas, pero también hay humor, que a menudo tiene un aire bastante sombrío. No acusamos con el dedo, buscamos explorar posibles opciones. Incluso evitamos mencionar los aspectos tecnológicos para que no parezca que alguien está leyendo las instrucciones de una antena parabólica. Se trata más de un juego travieso”. Lo siento, pero no lo creo. La serie camina muy cerca de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o Un mundo feliz de Huxley. Otra cosa es que al final caiga en lo que ella misma crítica: el discurso fácil y tremendista, de pocas palabras, tan apabullante como superficial. Como bien dice el protagonista del último capítulo de la serie, un locutor que pone voz a un irreverente dibujo animado que se presenta a unas elecciones: “¿Democracia esto? Igual que en YouTube. Y no sé si lo has visto pero el vídeo más popular es un perro interpretando la sintonía de Días Felices a base de pedos”.

Firma: Claudio Sánchez

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